lunes, 1 de agosto de 2016
De Zaia. Historia (parte I)
La voz de un anciano se escuchaba fuertemente...
He dicho que no, ella no sabe nada y creo que lo mejor para la pequeña es que siga siendo así
Zaia vivía con una pareja de ancianos que se encargaron de ella desde la noche que una mujer alta con ojos oscuros y cabellos negros como la noche, tocara su puerta y les dijese a la pareja que se ocuparan de ella.
Vivía cerca del puerto, en una especie de cabaña, la cual poseia en su interior un par de habitaciones que estaban amuebladas con unas camas de madera con colchones de paja,
un pequeño armario donde no cabía mucha ropa ,
una estanteria con algunos libros y una mesita que tenia un plato de porcelana donde había una vela.
La cocina, era la misma de un barco, con su cocina de hierro forjado con dos fogones enormes,
un armario donde estaban todos los utensilios para cocinar,
una pequeña despensa donde se guardaban todos los alimenntos y una pileta donde se limpiaban los alimentos y se fregaban todos los utensilios despues de las comidas.
El salon era lo mejor de la casa, tenia un sillón de madera de roble, que era donde se senttaba el anciano, al lado tenia un sofá de madera tambien que estaba adornado con cuatro cojines grandes de colores llamativos, al lado habia una vitrina la cual hacia de biblioteca donde podrian haber unos cien libros,
una mesa rectangular de madera tallada y acompañada de 6 sillas de un color mas oscuro que la mesa y al frente el enorme ventanal el cual estaba adornado por unas cortinas de seda fina que daba al puerto .
Desde que
la joven supo que podia encauzar acudía todo los días al Estrella de fuego,
donde sus detectoras le enseñaban a controlar el poder único.
Zaia aprendía muy deprisa y sentia la necesidad de aprender mas rapido las lecciones, pero no le permitian aprender mas rápido que las demás aprendizas .
Pero no obstante, la joven en la intimidad de su habitación,
abrazaba la fuente y se ponia a practicar todo lo aprendido para así poder perfeccionar sus tejidos.
Como toda aprendiza, ella soñaba en ser una de las mejores detectoras y estaba muy segura de ello, porque controlaba muy bien el poder.
Una fría mañana de invierno, Zaia dormía profundamente ignorando lo que sucedia en el salón de la pequeña cabaña que era su hogar desde que la dejaron siendo ella un bebe.
La anciana como todos los dias , preparaba el desayuno, se escucharon unos golpes secos en la puerta,abrirse esta, entró una mujer, la cual aquellos ancianos no esperaban ver en su hogar.
una mujer hermosa, (como sin dudas lo será zaia pendsó la anciana al verla entrar) segura de sí misma, acostumbrada a mandar y ser ovedecida, de mirada
dura y actitú gélida.
Se trataba de la Navegante del Estrella de fuego donde la joven asistia a sus clases diarias.
La mujer entro al salón y anuncio con voz mas gelida.....
he venido a llevarme a Zaia, mañana el Estrella de fuego sale a la mar y no sabemos cuando será el regreso.
Tras unos segundos donde nadie decia nada,
el anciano se puso en frente de la mujer y con una voz temblorosa le dijo no os la podeis llevar aun por diós, es una niña y aun no posee los conocimientos necesarios para ir a un viaje sin vuelta.
la navegante se limitó a escucharle con gessto impasible. dio dos pasos y mientras acercaba una silla para sentarse, sus pendientes tintinearon suavemente.
se sentó he hizo un gesto con la mano indicando a la anciana que le sirviera un poco de te de la tetera que reposaba en la mesa. la anciana obedeció casi
por inercia, pero no paraba de sollozar. tomó un sorbo del te y explicó con una voz que ella pensaba sería suave y tranquilizadora:
no pueden evitar que me la lleve. es una chica muy aplicada y pronto será una de nuestras buenas detectoras.
un murmullo lejano fue despertando poco a poco a zaia hasta que abrió los ojos. las voces provenían del salón,
pero no lograba escuchar claramente.
Sin pensarlo dos veces abrazo el saidar, la invadió su dulzura, sintió tanto gozo, un torrente difícil de
controlar. los colores se hicieron más vivos, tanto que casi hacían daño a la vista. y lo escuchó:
escuchó las voces, escuchó a la navegante que decía:
ahora me marcho, espero a zaia mañana en el estrella de fuego.
Tras cerrarse la puerta salió de la cama rápidamente y se vistió, bajó a toda velocidad al salón para decir a su navegante
que si, que sí se iría con ella, que era lo que más deseaba. pero cuando llegó, la navegante ya se había ido. en su lugar vió a los dos ancianos sumidos
en una gran tristeza.
entonces zaia sintió una punzada de culpa. yo tan feliz, reflexionó. y no había pensado en la gran tristeza que supondría aquello para los ancianos.
A la mañana siguiente y con la ayuda de la anciana,
Zaia empaqueto todo y se despidió de los ancianos y les prometió que volveria.
lunes, 25 de julio de 2016
El rol en canal local
Callandor es un juego de rol, como se ha dicho hasta la
saciedad. La no respuesta de un personaje a otro debería interpretarse on rol. No
se puede obligar a rolear, a seguir una trama, pero al menos, las acciones de
un personaje o la carencia de ellas por el canal local deberían ser igualmente
consideradas on rol.
Por ejemplo: Si eres una Sedai y alguien no te contesta, pensarás
que es mudo o tonto, o que tiene tanto miedo de una Sedai que no puede
hablar. Pero si eres un Aiel y te
encuentras un húmedo en el Yermo y no te contesta, puedes considerar su mera
presencia como algo ofensivo, y según tu manera de ser, actuar de un modo u
otro. Si te dicen “internet me va muy lento”, has de poder sulfurarte y decir “no
entiendo esa lengua extraña”. Y si eres un Hijo de la Luz puedes ver una sombra
de maldad envolviendo ese hablar extraño.
Si unos cuantos personajes actuasen así, los demás
empezarían a utilizar el canal privado para decir cosas off rol cuando estén en
presencia de alguien en quien no tienen mucha confianza para curarse en salud,
y quizás entonces los canales de rol se respetarían un poco más.
Es utópico pretender que se rolee siempre en canales
locales, pero para ser coherentes con la ayuda rol y nuestro discurso de que
hay que rolear, creemos oportuno ponernos al lado de quienes lo intentan y
pedir a los demás que procuren responder adecuadamente según su rol, aunque sea
de una manera corta, tajante y sin más.
Ya se dijo en su día que estos conatos de roleo o micro
roleos no tienen por qué estar en conformidad con la historia de un personaje. Puede
darse el caso de que alguien increpe a un hermano lobo en Caemlyn y que este,
on rol, esté en Caralain, por decir algo. Por consiguiente, estos encuentros no se
subirán al blog a no ser que de ellos surja un roleo completo y ambos
personajes estén de acuerdo en incorporarlo a sus historias.
Y por
supuesto, esto no da pie a pks indiscriminadas, mucho cuidado. No se podría
aceptar que un Ogier fuera por haí matando a un Ashaman porque le ha quemado
las flores… Por no decir que el consejo ogier tendría
que deliverar durante almenos 200 años para llegar a la conclusión que la
incineración de las mencionadas flores fué un desafortunado incidente digno de
reproche y otros 200 para deliberar si sería conveniente mandar una comitiva a
la torre negra para sugerir al lider de ese impetuoso grupo de humanos que se
abstuviera de jugar con fuego en las cercanias de los steddings.
domingo, 24 de julio de 2016
De Xunynn. Una misión, un cambio, un giro.
A mi, y
solo a mi se me había pedido que investigara el asesinato de Septienna Sedai,
la propia Khalindira, Sede Amirlin, Guardiana de los Sellos me lo encomendó
poco antes del funeral de Cordelia Sedai y ahora, aquí me encuentro a las
puertas de la antecámara para convertirme en Sede. Yo que nunca aspiré llegar a
ese puesto, yo que hasta ahora me ocupaba de educar a las pequeñas… Que será
ahora de ellas?, quien las guiará?, quien corregirá sus herrores?, y lo más
importante, como conseguiré mantener esta Torre en pie?, como podremos guardar
a la Torre de la influencia del oscuro?, demasiadas preguntas, pocas
respuestas, demasiada responsabilidad pero…, la rueda teje según sus designios,
solo me queda ponerme en pie y conducir la Torre con mano dura, con
inteligencia y con astucia, manteniendo el orden como aquellas que lo hicieron
antes que yo.
A mi mente
acuden pensamientos de otros tiempos, de otras Sedais, de otras vidas que como
la mía, llegado el momento se enfrentaron a este trance y consiguieron, no sin
esfuerzo, mantener a esta Torre en pié, así está, y así debe seguir.
De Xunynn. Hacia la Sede Amyrlin.
Despacho de la cabeza del Ajah Azul
Ves un escritorio tallado en el centro de la estancia, con una pila de
papeles ordenados encima. Junto a ellos una cajita, que posiblemente
contenga mensajes cifrados. En frente, ves un par de comodos sillones
para aquellas hermanas que solicitan audiencia. De la pared cuelga un
enorme e impresionante tapiz que detalla todas las tierras del oeste.
En un rincon poco iluminado ves un arcon, en el que posiblemente se
guarden documentos importantes. Desde este lugar la cabeza del Ajah
Azul dirige sus redes de informacion.
Xunynn llama a la puerta, espectante por lo que vaya a decirle Siuan. en el mensaje que le hizo llegar con la novicia no deja
entrever absolutamente nada de lo que se trate
Siuan parece distraida, aunque tiene un fajo de papeles en la mano como si estuviera revisandolos. Al oir los toques en la puerta,
levanta la cabeza con cierto fastidio.
Siuan dice 'adelante!'
Xunynn abre poco a poco la puerta y accede a la estancia, saluda a la hermana que está frente al escritorio y le hace una ligera
reverencia.
Siuan observa a la recien llegada, pero no hace ningun comentario, solo un gesto para que no se demore en protocolos
Siuan dice 'sientate, hermana, hazme el favor.' 'vamos a dejarnos de protocolos y memeces, si no te importa, el asunto es bien
importante'
Xunynn dice 'muy bien, hermana, vine en cuanto pude.'
Siuan dice 'llamame Siuan, y toma asiento'
Xunynn arrastra una silla hasta ubicarla frente a Siuan y se sienta, arreglándose los pliegues de la falda con elegancia.
Xunynn dice 'muy bien, siuan, por qué tanta urgencia?'
Siuan suelta con brusquedad los papeles que tenia en las manos
Siuan dice 'porque el asunto que te concierne, que nos concierne es urgente.' 'como cabeza de tu ajah he preferido convocarte
antes de que los rumores lleguen a ti solo el Creador sabe por que cauce '
Xunynn se pone algo tensa al escuchar el tono apremiante de Siuan y piensa oh no, que no sean malas noticias otra vez.
Siuan aparta la silla hacia atras y se levanta, dejando las palmas reposar sobre la mesa.
Xunynn fija la mirada en la azul.
Xunynn dice 'qué pasa, siuan?
Siuan dice 'Xunynn, Khalindira va a presentar su renuncia, deja la Sede'
Xunynn se levanta bruscamente de la silla y apuña los pliegues de la falda con ambas manos.
Xunynn dice 'luz, qué has dicho?'qué sucede?
Siuan hace un gesto apaciguador con la mano, indicando a la hermana que tome asiento de nuevo.
Siuan dice 'no perdamos la calma. ella vino a verme para anunciarme que ya hizo lo que debia hacer por la Torre, que sin duda es
asi, y que prefiere salir al mundo con su Gaidin y hacer lo que su corazon le dice que ha de hacer.. demonio de muchacha...'
Xunynn se ajusta bien el chal sobre los hombros y vuelve a tomar asiento recobrando la compostura.
Siuan sacude la cabeza, pero en sus labios se dibuja una leve sonrisa que pronto desaparece
Siuan dice 'en cuanto la noticia trascienda, esas escorpinas se lanzaran a la caza de la Sede como tiburones sobre un banco de
atunes'
Xunynn dice 'bueno, Siuan, todos sabemos que lo ha dado todo por la torre. ha sido una gran Amyrlin. y si, llevas toda la razon en
ello '
Siuan dice 'por eso hemos de ser preccavidas y trabajar rapidamente'
Xunynn dice 'ahora debemos elegir una nueva Amyrlin. pero ...'' se ha pensado en alguien ya?
Siuan dice 'ninguna candidata que pueda postularse sera ahora una buena opcion, los ajah estan a la que salta, rabiosos cada cual
con sus problemas, que si pudieran se sacarian los ojos unas a otras. yo he pensado en una, si, por eso te he hecho llamar'
Siuan clava sus ojos azules en los de Xunynn.
Xunynn sostiene la mirada de la hermana, impasible
Xunynn dice 'yo no podría decirte quien sería mejor para ese puesto, Siuan.'
Siuan dice 'el ajah azul es el que esta en mejor disposicion para alcanzar la Sede, Xunynn. ademas, Khalindira pide un puesto en
el banco de Asentadas, quiere entrar a formar parte de nuestro ajah, y me parece un apoyo vital y poderoso para nuestro posible
mandato'
Xunynn hace un gesto de asentimiento a las palabras de Siuan y permanece en silencio.
Siuan dice 'como Selectora Mayor, propongo que seas tu la candidata, eres nuestra baza mas importante'
Xunynn no se sorprende mucho de la propuesta, de alguna forma se lo esperaba
Siuan dice 'que dices a esto? estas dispuesta a asumir esta responsabilidad y a lidiar con este mar de cazones?'
Xunynn dice ' por lo que me has dicho, nadie más lo sabe.'
Siuan dice 'nadie, pero no tardara en saltar la noticia'
Xunynn dice 'nos reclamarán por no haber dicho nada y guardarnos la información para nosotras en algo tan delicado. estoy
dispuesta, hermana, pero necesitaré de todo vuestro apoyo. Será una ardua tarea.
Siuan rie sin ganas con cierto ademan cansado.
Siuan dice 'ellas no sabran que conociamos este hecho, y si preguntan, vere el modo de responder sin enturbiar las aguas'
Xunynn dice 'lo preguntarán e indagarán, que no te quepa duda.'
Siuan dice 'no te faltara apoyo, pero deberas tener cuidado de quien lo recibes, sabes que algunas de nuestras hermanas estan en
franca inquina con hermanas de otros ajah y harian lo que fuera por interponer sus intereses a los de la Torre. por lo demás,
eso dejamelo a mi, Xunynn, soy experta en desviar intenciones y habladurias.' 'solo preciso de tu consentimiento y tu voluntad
para ponernos en movimiento'
Xunynn dice 'está bien, hermana, yo estoy dispuesta a tomar el timón de este barco, e intentar guiarlo por aguas tranquilas.
Xunynn sonrrie con franqueza a siuan
Siuan esboza una sonrisa que no llega a sus ojos.
Siuan dice 'tenemos mucho por hacer, Xunynn, por de pronto, actua como si no supieras nada, dedicate a tus menesteres hasta que la
antecamara se ponga en ebullicion. ten en cuenta que la transicion sera muy rapida, Khalindira no esperara ya mas tiempo, tiene
firme la decision y solo el creador sabe lo impulsiva que puede llegar a ser'
Xunynn dice 'oh luz, qué rápido se dan las cosas. en tan poco tiempo... '
Siuan asiente con un gesto de cabeza.
Siuan dice 'ahora ve, y pon tu mejor cara de haber recibido una reprimenda, no quiero que especulen todavia'
Xunynn dice 'una buena noticia es que Khalindira pase a nuestro ajah.'
Siuan dice 'ciertamente.' 'pero temo que la veremos bien poco'
Xunynn dice 'que quiere irse a recorer mundo? es comprensible, desde muchacha tuvo muchas responsabilidades '
Siuan dice 'asi es'
Xunynn dice 'muy bien, estaré donde siempre, esperando noticias.'
Siuan sale de detras de la mesa y espera a que xunynn se levante para aconmpañarla a la puerta.
Xunynn se levanta , y con paso firme se dirige a la puerta despidiéndose de siuan.
Siuan dice 'que la luz te proteja, Xunynn'
Xunynn dice 'que la luz te proteja, Siuan. 'espero noticias, hermana.'
Siuan regresa al escritorio y recupera los papeles que estaba repasando.
Xunynn sale de la habitación cerrando la puerta tras de si.
jueves, 21 de julio de 2016
De Velahiz. Un nuevo comienzo.
Esas necias chicas de… ¿dónde?; ah, sí, de “Dos Ríos”, repasó mentalmente Velahiz al tiempo que soltaba una aguda y placentera risita; “bien, las campesinas (concretamente Jerilin, Marisa y Larine), tendrán que aguardar pacientemente el momento en que Verin o Alanna Sedai decidan visitarlas y, una vez al tanto de la situación, intenten por fin desbloquear la puerta de la habitación desde fuera”.
De pronto reparó en que había hablado en voz alta, y una mujer delgada de altos pómulos y oscuros ojos rasgados la miró con curiosidad mientras ingresaba en la Ciudad Interior.
Engañando a una de las camareras, Velahiz se las había ingeniado para obtener la llave del cuarto y bloquear la puerta antes de que las chicas que descansaban dentro tuviesen tiempo de arruinar sus planes. Inmediatamente se había marchado con la excusa de llevar un recado por orden de las aes sedai, quienes últimamente estaban más pendientes del supuesto dragón renacido que de vigilar a las novicias.
En aquellos días, Velahiz se había ocupado de averiguar todo cuanto estaba a su alcance espiando tras las puertas, e investigando rumores en la sala común antes de decidir iniciar su partida, pues no deseaba dar un sólo paso en falso, pero aunque el viaje a Tar Valon se había retrasado más de la cuenta, la joven no estaba dispuesta a arriesgarlo todo dejando pasar más tiempo del estrictamente necesario.
Finalmente lo había conseguido, ya estaba fuera.
Tan sencillo como salir a dar un paseo, así había resultado la temida y esperada huída de la posada “El Sabueso de Culain”, aunque la chica estaba convencida de que aquello no era más que el principio; un principio, tomando en cuenta los esfuerzos que aún debería realizar para alcanzar sus objetivos.
El siguiente paso consistía en escapar de la ciudad sin despertar sospechas, algo que seguramente le acarrearía unos cuantos “dolores de cabeza”.
Inhalando profundamente por la nariz, la muchacha llenó sus pulmones del aire caliente que apenas percibía en una ligera brisa, y se detuvo junto a una fuente de aguas cristalinas para refrescarse. A continuación se distrajo durante unos largos instantes contemplando las maravillas de la gran ciudad:
Las elegantes torres y cúpulas blancas, doradas y purpúreas, aparecían recubiertas de azulejos que reflejaban la luz del sol en un sinfín de tonalidades, elevándose en abruptas pendientes que abarcaban la totalidad de su campo visual.
La joven pensó que este hermoso sitio no era más que un refugio pasajero para ella, pues muy pronto las aes sedai repararían en su ausencia y enviarían a alguien que la llevase de regreso a la posada si no se marchaba cuanto antes de aquel lugar.
Debía pensar con rapidez e idear un buen plan que la sacara del embrollo en el que se había metido por su propio pie, aunque de momento no se le ocurría ninguna idea que resultase lo bastante buena como para ejecutarla sin tomar demasiados riesgos.
Se sentía cansada y las piernas le temblaban bajo el ridículo vestido de lana gris que había encontrado entre las pertenencias de Marisa Ahan, la joven con la que solía compartir su cama por las noches. La camarera había elogiado su vestimenta unos minutos antes de partir, y Velahiz hizo el esfuerzo de sonreír mientras comentaba, con aire despreocupado, que la prenda era un bonito obsequio de Larine, quien no paraba de insistir en que probase la comodidad del resistente y buen tejido de Dos Ríos.
La joven volvió a sonreír imaginando la cara que habría puesto Samia al verla de esa guisa, por no mencionar la gruesa trenza que le sujetaba el cabello, pendiendo por su espalda hasta más abajo de la cintura.
Definitivamente y pese a las modificaciones que había intentado imprimirle a escondidas, el horrendo vestido no se parecía en nada a los que Velahiz acostumbraba a lucir (por lo general atractivas ropas de procedencia domaní), y sin duda en otras circunstancias no habría escogido aquel peinado. Sin embargo, el sacrificio de cambiar su atuendo se debía simplemente al hecho de que no deseaba llamar la atención entre los transeúntes, y probablemente nadie la recordaría si caminaba por la ciudad vistiendo como una inocente campesina.
“Sólo una necia pretendería huir de las aes sedai”, susurró mientras secaba el sudor de su frente con un pañuelo pequeño.
En fin, prefería ser una necia a una infeliz prisionera de la Torre Blanca, fregando suelos y ollas y con el trasero lleno de verdugones, tal era lo que le había explicado Alanna que sucedía con las jovencitas que osaban desobedecer las órdenes de una hermana.
La muchacha vagó durante largo rato inmersa en sus propias cavilaciones, hasta ingresar casi instintivamente en un establecimiento llamado “El Cisne de Plata”.
Se trataba de un sitio lujoso que superaba los tres pisos de altura, y en la sala común los clientes disfrutaban de toda clase de juegos y divertimentos.
Sobre un bonito escenario, un cantante entonaba distintas melodías, y en un acogedor rincón un bardo contaba historias a los más pequeños. El hombre le recordaba a su tío, aquel juglar que tantas cosas le había enseñado cuando era niña, y que si bien no tenía con ella un vínculo de sangre, ocupaba un lugar primordial entre los escasos recuerdos felices que la joven aún se resistía a borrar de su memoria.
Como si fuese capaz de leer sus pensamientos, el bardo le sonrió al tiempo que hacía ondear la capa repleta de coloridos parches frente a sus ojos.
Velahiz intentó relajarse. Colocó una silla junto a la chimenea apagada y se dejó caer sobre ella, permitiéndose tomar una jarra de hidromiel que la joven camarera le tendía en una bandeja.
Siguiendo un repentino impulso, la muchacha le pidió al juglar que recitara “La Gran Cacería del Cuerno”, y al cabo de unos cuantos minutos se encontró conversando animadamente con él, al tiempo que le enseñaba los complicados malabares que recordaba haber aprendido en su infancia. Su infancia…, unos tiempos que a pesar de su corta edad, le parecían hoy tan ajenos y distantes…
Finalmente, entre copas y sonrisas, Velahiz consiguió olvidar su afán por desaparecer de la ciudad y sus problemas con las aes sedai, y únicamente prestó atención a los sabios consejos que el hombre le brindaba en actitud afectuosa, aunque insistiendo fervientemente en perfeccionar el accidentado truco de la chica con aquellas bolas de colores.
De Khaledrath. Historia III.
El viaje hasta Amadicia no careció de otros incidentes. Se mantuvieron
al oeste de Caemlyn y abandonaron el bosque cerca de Cuatro Reyes. De
allí, tomaron el camino del sur y a marchas forzadas pronto cruzaron la
frontera y entraron en Murandi. Ramsein le contó a Khaledrath que se
trataba de un reino débil aunque fértil y podría resultar próspero bajo
una dirección firme y adecuada. Los Hijos de la Luz marchaban relajados
pues al parecer el rey tenía poco poder y los nobles gastaban todas sus
fuerzas en pelearse unos contra otros por pedazos de territorio o de la
capital, Lugard.
--Algún día los Hijos cruzarán el Eldar y el Manetherendrelle y pondrán
orden en estas tierras, más, por el momento nosotros no tenemos nada
que temer.
Cruzaron el Manetherendrelle en una gran balsa plana que tuvo que hacer
varios viajes para cruzar a hombres y caballos. El barquero fue
largamente recompensado, pero además resultó ser uno de los hombres al
servicio de los Hijos y aportó información a Théomund que pareció ser
muy de su gusto.
La travesía por las colinas del Muro de Garren fue larga y algo tediosa
y se cruzaron con tan solo algunos viajeros y mercaderes que traficaban
con sus productos entre Murandi, Andor y Ghealdan.
Entraron en esta nación sin novedad, y Khaledrath observó que algunas
gentes los rehuían o los miraban con mal disimulado desagrado mientras
que otros los saludaban y los jaleaban. Al parecer, los Hijos estaban
extendiendo su influencia hacia aquel pequeño reino y la opinón de sus
habitantes estaba dividida al respecto.
En Samara, la primera ciudad de importancia que Khaledrath veía desde
que abandonara su hogar en el norte, Théomund les consiguió pasaje en
un barco que hacía el trayecto fluvial hacia el sur. Pocos días después
desembarcaron en Amadicia y enseguida Théomund despacho mensajeros
montados que portaban cartas con informes y nuevas de las tierras del
norte.
En cuanto a Khaledrath, partió con algunos hombres y Galdrak bajo un
sol ardiente hacia las llanuras del centro del país.
Les llevó algunas jornadas cruzar las resecas llanuras donde pacían
grandes rebaños de ovejas y se desparramaban algunas aldeas de
pastores.
Al atardecer del último día vislumbraron una fortificación robusta e
impoluta que se alzaba sobre un altozano en medio de la llanura pelada.
--Tu destino mocoso -gruño Galdrak acercándose a caballo-. Uno de
nuestros centros de entrenamiento. ¿Pensabas que ibas a ser recibido en
Amador por el mismísimo capitán general? Pues en vez de eso tus
próximos años de vida transcurrirán en uno de los nidos de ratas más
execrables de toda nuestra orden. Veremos si sobrevives al
entrenamiento.
Guardias de capa blanca y cotas de malla bruñida les abrieron las
puertas de roble aherrado y les dieron paso al patio empedrado.
Fue grande la sorpresa de Khaledrath cuando se enteró de que no era el
único huérfano recogido por los Hijos. Al parecer. aquel fuerte no solo
servía de base de operaciones a la orden, si no que también oficiaba como
campo de entrenamiento.
La fortificación se elevaba sobre una colina poco importante que
dominaba las llanuras amadicienses y la muralla cuadrada formaba la
parte trasera de los edificios. En torno al patio se distribuían
cocinas, establos, barracones y los aposentos de los oficiales,
incluyendo los calabozos de la fortaleza.
Además de él otras cuatro docenas más de muchachos desarrapados
recogidos a lo largo y ancho de las tierras Occidentales, formaban el
grupo de aspirantes a Hijos de la Luz. Mendigos, huérfanos, rateros,
ladrones, hijos segundones o hijos de campesinos que no podían mantener
a más familiares se amontonaban en los barracones.
Pero no había distinción entre ellos. Daba igual su ascendencia o
nacionalidad. Todos recibieron la misma túnica blanca (la capa deberían
ganársela) la misma espada embotada, casco, peto, escudo y cinturón de
cuero con vaina y un par de botas de cuero corriente. Todos se sentaban
a la misma mesa y comían el mismo rancho, espartano y simple pero
nutritivo y de calidad. Y todos ellos deberían actuar como un solo
hombre si algún día llegaban a vestir la capa blanca.
El entrenamiento de Khaledrath comenzó con una sorpresa desagradable.
Al alba del primer día, se los llamó a formar en el patio cuando aún el
alba no era más que un tenue halo luminoso en el este. En el patio de
entrenamiento, erguido junto al estafermo, vestido con la cota de malla
gris, la mano enguantada sobre la empuñadura de la espada los esperaba
su maestro de armas: Galdrak en carne y hueso.
El entrenamiento fue duro desde el principio, y no hizo más que
aumentar en rudeza y exigencia.
Los aprendices se levantaban con el alba y debían de tener su equipo
listo y reluciente para pasar la revista y formar en el patio en pocos
minutos. La menor mácula en armas y armaduras era duramente castigada
hasta el punto de que una hebilla mal abrochada equivalía a pasar un
día sin comer. Los castigos corporales eran más raros, aunque el látigo
hacía a veces aparición, especialmente por faltas de respeto,
reales o imaginadas hacia un superior. Y superiores eran todos aquellos
que vestían la capa blanca, desde el último y más joven soldado hasta
los oficiales con el nudo o las estrellas.
A menudo Galdrak los despertaba en plena noche y los obligaba a partir,
perfectamente equipados, en largas marchas nocturnas por las agrestes
llanuras amadicienses en jornadas que podían durar entre dos horas y
día y medio y tras las cuales caían agotados en sus camastros. El
equipo que se les cedía no era útil en combate, pero el peso era
realista y las armas eran funcionales para el combate pese a ser
difícil que alguien resultara muerto o herido de gravedad.
Se les entrenó en el uso del arco y la lanza a pie, y tras algunos
meses de practicas de equitación se les comenzó a enseñar el manejo de
la lanza de caballería. Pero lo que más tiempo les demandaba era el
combate con espada y sus diversas técnicas, y durante largas horas,
lloviera, helara o hiciera sol, el resonar de las espadas y los escudos
inundaba el patio y las estancias del fuerte.
Más adelante comenzaron a luchar en conjunto, formando una sola
compañía o un par de ellas que se enfrentaban, y los castigos para los
perdedores eran lo suficientemente intensos como para que todos se
esforzaran en resultar el bando vencedor. No todos ellos fueron capaces
de soportar el entrenamiento. Algunos fueron lesionados de gravedad y
otros murieron, y unos pocos huyeron. Siempre que esto sucedía un par
de jinetes hábiles en el manejo del arco partían con veloces caballos
de refresco y antes o después regresaban, y nunca se volvía a mencionar
el nombre de los desertores sopena de recibir una buena sarta de
latigazos.
Aún así, Khaledrath se sentía cómodo en aquel ambiente, y cuando los
moratones, hinchazones y heridas no le permitían dormir, clavaba los
ojos en el techo de madera y recordaba los cadáveres de su familia. Y
este pensamiento le hacía olvidar el dolor hasta que se dormía.
Los años pasaron deslizándose como la hoja de una espada bien afilada
entre las costillas de un enemigo y cinco años más tarde Khaledrath y
sus compañeros, menos de la mitad de quienes habían comenzado el
entrenamiento, estuvieron listos para entrar a formar parte como
reclutas de los Hijos de la Luz, aunque, según Galdrak, culpable de no
pocas deserciones por sus brutales métodos de entrenamiento, no servían
ni para matar a un comerciante cairhienino borracho, aunque esta
comparación probablemente fuese destinada a ofender a los reclutas de
este reino, bastante numerosos gracias a las guerras con Andor que
habían dejado no pocos huérfanos en las riberas del Alguenya.
La ceremonia fue larga y solemne, y los juramentos largos y
complicados, pero pronto unos veinticinco jóvenes desfilaron con
ataviados con cota de malla, tabardo blanco con el sol grabado y una
pulcra capa de lana blanca virgen. Las espadas que recibieron eran de
buen acero, funcionales y perfectamente equilibradas aunque exentas de
todo adorno. Y tenían un filo cortante.
A partir de aquel momento los reclutas recibían una pequeña paga por
sus servicios y fueron distribuidos a lo largo y ancho de Amadicia,
asignados a distintas compañías y regimientos. En el caso de Khaledrath
y media docena más se quedaron en el fuerte aunque comenzaron a
patrullar y llevar a cabo misiones de poca importancia bajo la atenta
supervisión de los soldados de pleno derecho y los oficiales de bajo
rango.
El entrenamiento se reanudó con más intensidad si cabe, puesto que a un
recluta se le exigía más que a un simple novato que no pertenecía
siquiera a los Hijos, y todo recluta debía de ser lo suficientemente
hábil como para ser aceptado como soldado de los Hijos, es decir, la
masa principal de los guerreros de la orden.
A los entrenamientos militares se les unió el adoctrinamiento bajo los
auspicios de los llamados Interrogadores, aunque rara vez se les
llamaba así en voz alta. Para el joven Khaledrath, con un odio ya
enraizado y un ansia de venganza que a veces lo torturaba, las
diatribas contra las brujas de Tar Valon y todos aquellos capaces de
encauzar le llegaron muy hondo y prendieron un fuego en su corazón que
ardía con viveza. Sus visitas a algunos pueblos altaraneses de la
frontera y el caos reinante que percibió contrastaban vivamente con el
orden y la pulcritud de las aldeas amadicienses y se convenció, ayudado
por su instrucción, de que los Hijos eran la única Luz que podía poner
orden en el mundo, sacudido por la maldad, la avaricia, la codicia, el
egoísmo y la decadencia.
Fue así, que, tanto por dentro como por fuera, tanto empuñando las
armas como esgrimiendo el ideario de la orden, Khaledrath se aproximó al
día en que pasaría de ser un simple recluta a un soldado de la
caballería de los Hijos. Un paso más en su ascenso hacia un poder que le
permitiría una venganza adecuada a sus deseos.
De Khaledrath. Historia II.
Durante semanas cabalgaron hacia el sur en largas y duras jornadas
donde mantenían las cabalgaduras al trote durante horas aunque
haciendo frecuentes pero breves descansos. Esta forma de avance
resultaba agotadora pero no tanto como cabría esperar y les permitía
avanzar con gran rapidez. Casi todo el tiempo lo hicieron por tierras
agrestes, evitando los caminos principales, especialmente cuando
entraron en el reino de Andor.
--En Saldaea tenemos muchos amigos, pues la lucha contra la Sombra nos
une con los fronterizos -le comentó Emereth- pero con Andor... -sonrió
y se encogió de hombros- sus relaciones con las brujas de Tar Valon
provocan cierta animadversión entre la reina y nuestra muy amada orden y
conviene que nuestra presencia pase desapercibida.
Emereth de Árbol Alegre era el nombre del bardo que lo había defendido
frente a Galdrak. Peculiar y hablador hasta lo extravagante, había sido
una compañía reconfortante entre los severos soldados amadicienses.
Khaledrath había escuchado con asombro la historia del bardo, un primo
del rey de Amadicia y se había sentido feliz de contar con tan poderosa
compañía. Al menos hasta que Emereth pasó de ser un amadiciense de
sangre real a considerarse hijo de uno de los grandes señores de Tear
un día, y amante de la dama cabeza de una de las familias más
influyentes de Caemlyn. Lo había tratado con exquisito respeto, algo que
parecía ser muy de gusto del bardo hasta que Galdrak los interrumpió
para dar una breve, concisa y clarificadora explicación sobre la
certeza de los orígenes maternos del bardo y la imposibilidad de trazar
su línea paterna.
Esto terminó con las pretensiones nobiliarias de Emereth, pero este no
renunció al título de Árbol Alegre y así parecían conocerlo todos.
Pese a los embustes y exageraciones del bardo, este demostró ser una
fuente inagotable de información. Montado en una yegua gris, pequeña,
nerviosa y ágil, recorría la columna rasgueando el arpa y levantaba el
ánimo con sus canciones. Por otra parte, Galdrak resultó ser un
personaje de cierta importancia. Hosco, despiadado, poco comunicativo,
ácido y mordaz, pero se lo tenía por un excelente guerrero.
En cuanto a Ramsein, duro y resistente y parco en palabras, resultaba
poseer una brusca amabilidad y tosca afabilidad que pronto fue muy del
gusto de Khaledrath. Lo veía pocas veces, pues se pasaba gran parte de
tiempo explorando el terreno por delante del contingente o deshaciendo
el camino para comprobar si alguien los seguía.
En cuanto a Théomund, era el líder de aquella misión y se lo tomaba muy
a pecho. Era inflexible con sus hombres pero contaba con su respeto y
aprecio pues, según pudo colegir Khaledrath por los comentarios de sus
hombres, era un guerrero tenaz y honorable.
La pérdida de su familia era aún reciente, y pesaba sobre él como una
losa de piedra, fría e inamovible, pero pronto sintió que comenzaba a
formar parte de otra familia aún más grande.
El sol comenzaba a hundirse en el oeste más allá de la masa de árboles
del bosque de Braem. Khaledrath estaba sentado junto a un arroyo sobre
cuyas aguas susurrantes los árboles formaban un túnel umbrío. Los pies
cansados y descalzos se balanceaban en el agua fresca y el sueño lo
rondaba.
Se encontraban a un cuarto de jornada de Caemlyn, no lejos del camino
real y a petición de Emereth los había acompañado a una reunión que en
aquellos momentos y desde hacía ya rato tenía lugar en el claro.
Théomund charlaba en voz baja con dos hombres vestidos a al estilo
andoreño, aunque uno de ellos parecía de origen noble mientras que el
otro vestía como un herrero. Habían intercambiado noticias en voz baja y
luego Théomund les había tendido una bolsa tintineante mientras ellos
le entregaban varios pergaminos sellados entre reverencias y señales de
respeto.
Khaledrath no supo que se decían pero Emereth le contó en susurros que
se trataba de dos de los amigos que los Hijos tenían en Caemlyn y que
luchaban a su manera por la causa. A Khaledrath aquello le sonaba a
espionaje, pero calló.
--Gentes como esas nos informan de los movimientos de Amigos Siniestros
y en particular de lo que traman las brujas de Tar Valon. Andor es un
gran reino pero largo tiempo atrás cayó en las garras de las hechiceras
de Tar Valon y estas rara vez sueltan aquello que cae bajo su poder. No
obstante, la noche se nos echa encima y deberíamos volver al
campamento. ¿dónde se habrá metido Ramsein?
Ramsein había partido tras la llegada de los andoreños sin decir
palabra y aún no había regresado.
--Ah, por fin, parece que esta alegre y ruidosa reunión toca a su fin.
Vamos, muchacho. -y así diciendo el bardo se separó del árbol en el que
se apoyaba y se dirigió hacia el centro del claro donde Théomund y los
dos andoreños se estrechaban las manos entre despedidas y muchas
llamadas como "que la Luz os guarde" y frases de similar naturaleza.
Khaledrath se reincorporó y usó la capa para secarse los pies. Luego se
puso las botas, se las ató y se dirigió hacia sus compañeros.
Uno de --Que la Luz os ilumine, amigos -Exclamó Emereth en voz alta
mientras arpegiaba con gran maestría el arpa-. Recordad que los Hijos
siempre son justos con quienes han encontrado la luz y lucha por su
causa.
Uno de los andoreños, el que vestía como un herrero alzó la mano a modo
de despedida sin volverse y siguió avanzando hacia el sendero que los
levaría al camino real y tras unos pasos se dejó caer en el suelo. La
siguiente flecha se clavó a dos palmos de Théomund y la tercera pasó
rozando la cabeza de Khaledrath.
Todos se quedaron inmóviles y el silencio reinó sobre el claro.
--Suelta la empuñadura de la espada, capa blanca -advirtió una voz- si
veo un solo palmo de acero fuera de la vaina, no volverás a tener
oportunidad de empuñar un arma ni de hacer ninguna otra cosa. Soltad
los cinturones y que yo los vea caer al suelo muy, pero que muy deprisa.
Tanto Théomund como el noble, que portaba una elegante espada al cinto
soltaron las hebillas, Theomund de muy mala gana y el noble con gran
presteza.
--Bardo, eso va también por ti. Prefiero presentarle capas blancas y
traidores a la reina, bien vivitos y coleando antes que arrastrar
cadáveres hasta Caemlyn. Ah, eso está mejor -Emereth había soltado
también el cinto y la fina espada de empuñadura dorada rebotó
blandamente sobre el suelo cubierto de hojas-. Y ahora todos bien
quietecitos mientras vemos que lleváis y os atamos.
De entre la maleza surgieron varios hombres de mala catadura, vestidos
con capas raídas y justillos de cuero. Llevaban los arcos preparados y
al cinto armas de todo tipo. Uno de ellos exhibía un feo costurón que
trazaba un ancho y rugoso surco pardo entre la poblada barba rubia de
la mejilla izquierda y le desaparecía bajo el cuello del sucio jubón.
Al cinto llevaba una daga y una maza y en la mano portaba un arco de
tamaño medio. La capucha de la capa oscura caía hacia atrás, cubriendo
el carcaj.
--Capas blancas en Andor y lo que es más, cerca de Caemlyn. ¿¿veníais a
gozar de la belleza de nuestra muy amada reina o a disfrutar de la
hospitalidad y el abrigo de nuestras posadas? -se mofó-.
--Y a deleitar los oídos de los nobles andoreños con la música del
mismísimo Emereth de Árbol Alegre -el susodicho sonrió ampliamente al
recién llegado y tañó el arpa distraídamente-.
--Bajad las armas y nos apiadaremos de vosotros. Los Hijos de la Luz
son compasivos -dijo Théomund clavando sus ojos en los del bandido-.
Éste calló por unos momentos mientras sus hombres mantenían los arcos
alzados. Luego se echó a reír estruendosamente.
--Piedad, dice. Pedídsela a la guardia real cuando os entreguemos a
ella. En cuanto a nosotros, quizás sirváis para obtener el perdón real
por... ciertos pequeños percances con avaros mercaderes que circulaban
por el camino real. Hace tres días la guardia cayó sobre nuestro
campamento y dio muerte a tres de los míos pero la vida del perseguido
es incómoda y breve. No me gustaría abandonar estas tierras y prefiero
el perdón y una buena bolsa de oro.
--Repito, rendíos y en la Luz no hallaréis más que piedad -dijo
Théomund-.
El bandolero avanzó con paso decidido hacia Théomund y le cruzó el
rostro de un revés.
--Cierra la boca, capa blanca, no estás en la maldita Amadicia.
Líbranos de tus sermones. -Théomund palideció y sus ojos echaron
llamas. Sucedió un silencio interrumpido tan solo por el murmullo de
una paloma salvaje entre los árboles que bordeaban el claro. Théomund
permaneció inmóvil y Emereth pulsó una serie de notas vibrantes en
orden ascendente. La paloma volvió a arrullar y la mirada del bardo y
la de Théomund se cruzaron.
--Vamos... vamos mis queridos y violentos amigos. ¿¿A qué tanta rudeza?
Sentémonos, hablemos y lleguemos a un acuerdo antes de que nadie salga
herido. ¿No sería mejor que recibierais un pequeño obsequio por las
molestias que os habéis tomado para acortar la vida de ese buen hombre
de ahí -señaló con el arpa al herrero tumbado boca abajo sobre un
manto de hojarasca enrojecida por la sangre. y que cada cual siga su
camino? Yo podría escribir una canción sobre la gallardía de vuestra
figura, la nobleza de vuestro noble rostro y la bravura de vuestros
actos y hazañas.
--¿MI gallardía, ¿eh? -el bandolero bajó la mano a la empuñadura de la
daga mientras su rostro deforme se contraía de rabia- Eres un
mequetrefe pagado de sí mismo e insolente, teniendo en cuenta que mi
vida está en tus manos. Por cierto, ese arpa debe de tener un buen
precio, fijaos en las incrustaciones que tiene. Robby, quítasela.
El bardo retrocedió unos pasos hacia Khaledrath mientras tañía algunas
notas dispersas. La paloma volvió a arrullar, esta vez más cerca aún y
Théomund se tensó.
--¿Por qué privar a un bardo de su sustento, mis nobles caballeros? -se
escandalizó Emereth regando la pregunta con un largo y complicado
arpegio interrogante. Sería un...
--Dame esa basura -gruñó el esbirro del bandido acercándose con una
espada corta en la mano-.
--En fin... -el bardo suspiró y tañó su instrumento un par de veces
con firmeza, como dando por concluido el asunto-. Si mi señor así lo
ordena....
Tendió el arpa al bandido mientras se inclinaba en una profunda
reverencia y extendía la mano derecha hacia abajo en un gesto garboso.
El malhechor se inclinó para coger el arpa y en ese momento Emereth se
alzó como un resorte y una daga relampagueó en su mano, salida de
ninguna parte y cercenó de un hábil tajo la garganta del criminal que
soltó la espada y se echó las manos al gaznate abierto de lado a lado
mientras gorgoteaba horriblemente. El surtidor de sangre golpeó a
Khaledrath en la cara de refilón.
En ese mismo momento, Théomund se abalanzó sobre el jefe de la
cuadrilla y lo arrojó al suelo.
--Matadlos -rugió este asestándole un brutal puñetazo a su atacante-.
El bandolero que registraba al noble desenfundó su daga y lo apuñaló en
el estómago con saña haciéndolo retroceder. Los demás empuñaron sus
arcos en medio de una algarabía generalizada, pero uno de ellos dejó
caer el arco y se llevó las manos a la garganta donde había crecido un
astil de plumas verdes. Otra flecha se incrustó en la pierna de un
bandido ancho como un tonel que cargaba hacia Khaledrath espada en mano
y lo hizo caer de bruces al suelo con un grito que se vio bruscamente
interrumpido cuando el puñal del bardo se le hundió en la nuca con un
chasquido seco. Khaledrath retrocedió espantado y dos de los hombres se
abalanzaron sobre él, tal vez por hallarse en la primera ruta de escape
que vieron libre. Uno de ellos esgrimió un garrote que Khaledrath logró
evitar apenas lo suficiente como para que solo lo derribara al suelo.
El brazo izquierdo comenzó a arderle como el fuego. Otra flecha detuvo
al siguiente hombre cuando se abalanzaba sobre él con una maza con
pinchos alzada para aplastarle el cráneo y lo tumbó de espaldas. El
bandido del garrote levantó este para atizarle de nuevo pero una figura
baja y achaparrada se interpuso de súbito y el garrote chocó con la
hoja de una espada ancha.
Théomund por su parte había sido rechazado por una serie de patadas y
golpes de su adversario pero había recuperado la espada larga y con
ella en la mano se defendía de dos contrincantes que le lanzaban
garrotazos y machetazos con saña. El criminal que había sido derribada
por la flecha de Ramsein, pues era este quien había surgido de pronto sin
saberse de donde, se levantó trabajosamente y lo atacó por detrás pero
cayó de bruces cuando el bardo lo zancadilleó y la daga se le hundió hasta
la cruz bajo la oreja haciéndolo patalear sobre la marga del
suelo mientras se desangraba entre toses repletas de sangre. Ramsein
asestaba tajos con violencia a su atacante que los paraba como podía
con su grueso garrote. La espada se quedó atascada en la gruesa madera y
le fue arrebatada. Ramsein replicó pateándole al bandolero la rodilla
de la pierna izquierda que tenía extendida hacia adelante. Se oyó un
crujido chasqueante y el hombre trastabilló gritando de dolor. Ramsein
saltó sobre él y lo derribó, arrebatándole el garrote con el mismo
movimiento con espada y todo.
Théomund desplegó una admirable técnica de esgrima. La brillante espada
larga formaba un muro de acero frente a sus tres atacantes, pues el
jefe ya se había unido blandiendo maza y espada. Paraba golpes,
retrocedía, se detenía y volvía a retroceder y utilizaba de vez en vez
el brazo guarnecido de grueso acero esmaltado para detener algún golpe.
De pronto se adelantó con osadía y rapidez, y la espada entró a fondo,
recta y algo inclinada hacia arriba, hundiéndose un par de palmos bajo
el esternón de uno de sus atacantes que lo miró y se dobló sacudido por
arcadas y vomitando bocanadas de sangre mezcladas con restos a medio
digerir. Aquello casi le cuesta el pellejo a Théomund pues la maza del
cabecilla describió un arco y le acertó de pleno en el yelmo haciendo
que se tambaleara.
Emereth mientras tanto había sacado otra daga y arrojó ambas con
movimientos raudos y expertos. Una se le hundió a un de los atacantes
de Théomund en el costado y la otra le acertó al cabecilla en el muslo.
Aquello dió tiempo de sobra a Théomund para recuperarse y desarmarlo de
dos sendos golpes. Luego retrocedió y gritó:
--¡Rendíos o no quedará uno con vida! La Luz os sabrá perdonar!
El primero en rendirse fue el oponente de Ramsein que veía como su
propio garrote se preparaba para aplastarle la cabeza. Tras él y desde
el suelo el hombre herido por la daga de Emereth aulló su rendición. El
jefe intentó huir pero Théomund saltó tras él y le asestó un golpe
brutal en la parte posterior del cráneo con el pomo de la espalda que
lo hizo caer de rodillas. Luego le asestó una patada con la pesada bota
en la cabeza y el bandolero se desmadejó en el suelo con un suspiro.
Los cuatro hombres supervivientes yacían atados en el suelo junto a una
roca cubierta de musgo a un lado del claro, cerca del arroyo.
El olor de la sangre y las vísceras derramadas impregnaba el lugar y
uno de los caídos resollaba agonizante y pedía agua. A una señal de
Théomund, Ramsein lo degolló sin darle mayor importancia.
--Y así es la guerra, chaval. -gruñó Ramsein mientras limpiaba las
armas con la capa de uno de los caídos-. Sucia, cruel, traicionera y
llena de sangre y malos olores. Las capas blancas, por muy honrosas que
sean, pronto se tiñen de carmesí igual que el resto.
--¿Qué van a hacer con ellos? -preguntó Khaledrath señalando a los
prisioneros. Uno de ellos, el que tenía la herida en el estómago había
comenzado a llorar, estremecido por el dolor-.
--A ese al menos, no le queda mucho tiempo. Esa herida.... cosa fea.
-terminó de limpiar la daga y se puso en pie, devolviéndola a la
funda-. Nunca permitas que te metan un acero en el estómago. Los jugos
gástricos se te desparraman por dentro y te derriten las tripas poco a
poco. Es algo muy doloroso. Ese desgraciado debería de haber muerto ya.
Partieron con los reos maniatados sobre sus propios caballos. Eran
animales malos, de tiro. Estaban a poca distancia de allí. Ramsein los
había encontrado y había deducido a que clase de gentes pertenecían y
cuando volvía para avisar a sus compañeros se los había encontrado
cercados por los bandidos. Por fortuna, él y el bardo tuvieron tiempo
de comunicarse utilizando señas preestablecidas y la emboscada se había
vuelto contra los bandidos.
Los cadáveres de los dos andoreños habían sido dejados allí junto con
el resto de los cadáveres aunque todos habían sido desprovistos del
dinero y cualquier aspecto que los identificara. Aquello pasaría por
otro ataque de bandidos y nadie podría sospechar que en Andor había
amigos de los Hijos.
Llegaron al campamento y los soldados formaron a las órdenes de
Théomund.
El juicio fue breve.
Los reos fueron puestos en hilera y el Hijo de la luz les lanzó un
intenso discurso sobre lo inadecuado de asaltar a gentes desarmadas en
los caminos y obrar fuera de la ley.
Los bandidos escucharon con temor aunque el herido había sido
amordazado para acallar sus crecientes gritos. Aún así gemía de forma
apagada y sufría estertores de dolor a los que nadie prestaba atención.
--Quizás no seáis culpables de haber llevado una vida apartada de la
Luz -continuó Théomund mirando a los malhechores-. Vuestros actos son,
sin duda alguna, fruto de un mundo injusto en el que la necesidad
aprieta a campesinos y a todos aquellos que no son de baja cuna.
Mientras vuestros señores banqueteaban en sus palacios, con el
beneplácito de las brujas de Tar Valon, ¿quién se ocupaba de que
vosotros tuvierais cobijo y un sustento? De no haber sido así quizás no
os habríais vistos arrastrados a la delincuencia y la crueldad. Todo,
en suma, no sois responsables de vuestros actos. Las fechorías
acometidas tan solo son fruto de las maquinaciones del Oscuro y sus
lacayos de Tar Valon. -se detuvo y observó a sus hombres y luego a los
prisioneros que callaban atentos-. Por tanto, yo Théomund y todos los
Hijos de la Luz aquí presentes os ofrecemos nuestro más sincero perdón.
Los bandidos se relajaron, algo aliviado. Siguió un silencio.
-Habéis de saber que la Luz está en todas partes, y donde no está,
nosotros la llevamos -Théomund alzó la voz- En nombre del Capitán
General de la sagrada orden de los Hijos de la Luz, yo, Théomund os
sentencio a morir por decapitación. Que la Luz se apiade de vuestras
almas y el Creador os ofrezca su misericordia.
Los bandidos comenzaron a gritar y suplicar mientras el herido se
convulsionaba intentando librarse de sus ligaduras.
--No temáis, pues lo que os aguarda más allá de la muerte no es el
castigo, si no el perdón. Hijo Galdrak, tenéis el honor de asistirlos
en este sagrado trance.
Galdrak se adelantó con otros cuatro soldados y los reos fueron
arrastrados entre pataleos hasta un tronco derribado. fueron forzados a
arrodillarse pero algunos no se estaban quietos y uno de los Hijos se
vio obligado a atontarlos con el astil de la lanza.
Galdrak extrajo de la vaina un mandoble pesado sobre el que se había
mantenido apoyado durante el juicio y uno por uno, fue apagando los
sollozos de los bandidos con firmes tajos.
El silencio reinó en el bosque tras la ejecución y Khaledrath se dejó
caer en el suelo, a medias horrorizado, a medias asqueado.
Unos pasos se le acercaron por detrás y una mano ruda pero amable le
agarró el hombro.
Se volvió y observó el rostro de Ramsein.
--Gentes como estas fueron las que acabaron con tu familia, no lo
olvides. Si se los hubiera dejado con vida ahora mismo tendríamos a
media guardia real de Andor tras nuestros pasos. Nadie ganaría nada,
todos acabaríamos muertos o prisioneros y estos malhechores
continuarían libres para seguir con sus fechorías. Es justo y es bueno
que hayan sido castigados.
--Pero el hijo Théomund dijo que....
--Sí, sí... que estaban perdonados. Y así es, cuentan con nuestro
perdón. Pero no con el del Creador, apostaría. Si continúas con
nosotros deberás de acostumbrarte a la muerte. La muerte es una amiga y
fiel compañera para cualquier guerrero. ¿sigues deseando cumplir tu
venganza?
Khaledrath se quedó inmóvil. Los cadáveres decapitados yacían en un
confuso montón medio cubiertos por la maleza amontonada. Los hijos
estaban levantando el campamento y todo en derredor el bosque de Braem
se extendía solitario. No tenía a nadie más en el mundo.
--Sí -replicó con firmeza-.
De Khaledrath. Historia I
La sed lo torturaba. Lo torturaba más aún que el hambre que le roía el
estómago como una rata colérica, más aún de la pesada viga de roble que le inmovilizaba el pecho, más aún que el montón de
cascotes
en cuyas entrañas reposaban sus piernas, dolorosamente torcidas.
Sentía la garganta como el cuero agrietado de una silla de montar tras
un día de cabalgata bajo el sol estival.
Gracias a la Luz, la viga que lo atrapaba se apoyaba sobre otros
restos, pues, de lo contrario, yacería aplastado en medio de las ruinas quemadas de lo que había sido su hogar durante los últimos
siete años.
Estaría yerto, rígido frío como una piedra más. Sería un cadáver, como
los que lo rodeaban. Como el resto de su familia, como su padre, madre
y hermano.
No los veía, pero sabía que estaban allí. Tal vez fuera mejor así, tal
vez él también hubiera debido de morir,, pues la vida tal como la había conocido había sido bruscamente destruida.
Cerró los ojos e intentó de nuevo librarse de las ligaduras que le
sujetaban las manos, pero no tuvo éxito. Al fin y al cabo, su padre
estaba muy acostumbrado a trabar las patas de los caballos de la granja y donde hacía un nudo nadie era capaz de deshacerlo.
Pensó en renunciar a todo esfuerzo y en dejarse morir, no debía de
faltar mucho ya.
Lágrimas perezosas se escurrieron por debajo de los párpados y trazaron claros senderos sobre el polvo y el hollín que le cubrían
las mejillas.
El viento murmuraba en las hojas de los árboles que rodeaban la casa
destruida y siseaba entre las ruinas.
Aquello le recordó su infancia, hacía tiempo que no le venía a la
mente.
Recordó el viento meciendo los árboles de las avenidas de Caemlyn.
Recordaba una gran ciudad dorada, enorme a sus ojos como solo podría
serlo para un niño de tres años.
Las bulliciosas calles, avenidas y plazas repletas de gente, los
buhoneros, los gritos de los vendedores ambulantes, el traqueteo de los carros.
Recordó los días en que paseaba con su madre y su hermano y ella le
contaba historias antiguas sobre la nobleza y bravura de las reinas de
Andor y de la legendaria valentía y disciplina de los ejércitos
andoreños.
Recordaba haber llegado hasta la puerta oriental y haber mirado a los
altos guardias rubios con el león de Andor en la sobreveste que
vigilaban la entrada a la ciudad.
Recordó su gallardía, su noble apostura y recordó como siempre le
hacían pensar en que nadie podría traspasar aquellas puertas mientras
aquellos hombres las defendieran.
Recordó haberse sentido orgulloso de que su padre fuera uno de ellos. Y no uno cualquiera, el jefe, el comandante, el general...
o lo que
fuera.
Años más tarde, cuando tuvo algo más de entendimiento, supo que su
padre era un oficial de rango más bajo que alto, uno entre muchos y ni
con mucho el más importante.
Había sido feliz en Caemlyn, pese a no tener muchos recuerdos. Sobre
todo recordaba haber vivido en una casa grande, con dos criados y un
patio interior con una fuente. Recordaba el patio, la fuente y las
naranjas. Su madre se las pelaba y se las partía en gajos, dulces y
sabrosos, frescos como el murmullo de la fuente.
¿cuándo habían empezado a torcerse las cosas?
Ahora sabía que todo había empezado cuando Ragarith enfermó.
Al principio, su hermano mayor solo sufría leves jaquecas, vómitos,
dolores de estómago y sobre todo y por encima de todo, pesadillas
estremecedoras que lo hacían despertarse gritando y bañado en sudor. Las pesadillas no lo dejaban dormir, e iban a peor.
También empezaron a suceder cosas malas aunque para un niño de tres
años la conexión estaba más allá de su corto alcance.
Las cosas se rompían cuando Ragadith estaba cerca, especialmente
cuando se acababa de despertar de una pesadilla particularmente
aterradora.
En un par de ocasiones la ventana del cuarto que ambos niños compartían estalló como si alguien hubiera lanzado una piedra desde
la calle, pero nunca se encontró la piedra.
Una mañana, el baúl en que guardaban sus ropas apareció con las
bisagras y los cerrojos metálicos soldados, como si siempre hubieran
formado una sola pieza.
Una noche en que su madre entró a la carrera, atraída por los gritos de ragarith, lo encontró en pie sobre la cama, con los ojos
desmesuradamente abiertos y aullando a algo invisible que lo dejase en
paz, que no se lo llevaría.
Su madre lo tocó, trató de agarrarlo para abrazarlo, pero el niño se
sobresaltó como si lo hubiera picado una avispa, y su madre se vió
catapultada hacia atrás, estampándose contra la pared.
Lo peor había sido la noche en que Khaledrath se despertó y vio a su
hermano sentado en la cama, sudoroso, pálido y tembloroso. Tenía los
ojos cerrados y se mecía atrás y adelante y, de pronto, el cofre de
madera que había junto a la pared ardió. No fue algo paulatino, como
cuando se enciende una hoguera. En un instante el cofre de madera
estaba intacto, y al segundo siguiente unas llamas feroces lo envolvían y lo devoraban con ferocidad.
Desde entonces los hermanos durmieron en habitaciones separadas y todo
mueble u objeto combustible fue cuidadosamente retirado de la
habitación de Ragarith.
Fueron tiempos breves, pero malos. El miedo imbuía la casa y a sus
padres como una mortaja y los paseos por Caemlyn casa eran cada vez
menos frecuentes.
Todo terminó de forma abrupta una noche.
Su padre había entrado en casa como un vendaval dando órdenes con una
voz que Khaledrath nunca había oído. Sonaba distinto, ajeno. Ordenaba
con tono de jefe, de mandar sobre guardias altos que guardan puertas de
ciudades y que parecen invencibles.
Ragadith y Khaledrath fueron despertados, levantados y vestidos a toda
prisa.
Solo cogieron un puñado de ropa que metieron en un atillo
apresuradamente. Su padre rebuscó en el arcón grande, sobre el que
solía colgar la espada y bajó las escaleras cargando un talego de cuero
que parecía pesado. La espada iba colgada del cinturón, algo inaudito.
Iba cubierto por una capa oscura, pero bajo ella vestía el peto de la
guardia e iba equipado con brazales, yelmo y grebas.
Ver a su padre dispuesto para la batalla fue lo que más lo alarmó, pero
el miedo era tal que no se atrevió a llorar.
Salieron de Caemlyn en plena oscuridad por la puerta del oeste. No fue
fácil.
Al principio, su padre intercambió unas cuantas palabras con los dos
soldados de guardia e incluso hubo risas por ambas partes. Luego el
tono se fue tornando cada vez más brusco y cortante. Los guardias
abrieron una de las hojas pero preguntaron algo que su padre no supo o
no quiso responder.
El intercambio verbal fue subiendo de tono y finalmente su padre agachó
la cabeza y pareció ceder. Los guardias se volvieron y comenzaron a
cerrar la puerta pero entonces sucedió algo horrible, algo inaudito,
algo que un niño de tres años no podía concebir ni comprender.
Su padre se acercó de prisa a los guardias vueltos de espaldas. Una
hoja cruel relució a la débil luz de las antorchas y se oyeron sendos
gorgoteos.
Nadie dijo nada, pero Khaledrath pudo ver el charco de sangre creciendo
que se extendía alrededor de ambos cuerpos mientras él y su familia se
escurrían entre las dos hojas apenas abiertas y huían, noche adentro,
como los criminales en los que se habían convertido.
Aquello no estaba bien. Un jefe de guardias altos e invencibles, no
podía matar a los guardias altos e invencibles a los que comandaba.
Sin que nadie lo viera, Khaledrath lloró y el viento nocturno lamió sus
lágrimas con fría suavidad mientras las luces de su hogar quedaban
atrás.
Fue un viaje duro del que no le habían quedado recuerdos salvo frío,
mucho frío, cansancio y hambre, y el rostro pálido de su madre
mirándolo desde arriba, el pelo rubio ahora deslucido, enmarañado y
sucio, y su padre, cada día más macilento y pálido. Se despertase a la
hora que se despertase, su padre estaba siempre despierto, sentado
junto a la hoguera, con la espada sobre las rodillas y los ojos
clavados en la oscuridad circundante.
Su hermano deliró un par de veces, pero pareció mejorar con el viaje.
Y así era como habían llegado a lo que siempre consideró su hogar.
Su padre había utilizado parte del contenido del pesado talego para
comprar una pequeña granja a un día de Maradon. El talego había dejado
de pesar tanto, pero la granja estaba rodeada de una hilera de nogales
y cerezos y su padre había agrandado el establo con sus propias manos.
Había comprado algunos caballos y con esto el talego prácticamente
había quedado vacío.
La espada y la armadura habían quedado olvidadas. La espada sobre la
chimenea y la armadura encerrada en las profundidades de un arcón.
Su padre ya no era el arrogante soldado de la reina de Andor que había
sido. Las manos se le habían encallecido aún más por el duro trabajo del
campo, y tanto él como su madre estaban curtidos y castigados por el
sol, pero la vida había sido buena.
Ragadith había mejorado y las pesadillas se hicieron cada vez más
intermitentes hasta casi desaparecer. Hasta casi desaparecer, pero aún
pervivían.
Y las cosas extrañas seguían sucediendo y su hermano había crecido cada
día más silencioso y extraño. A veces se quedaba con la mirada perdida,
observando cosas que solo él podía ver y otras podía predecir ciertas
cosas. No cosas importantes quizás, cuando iba a llover, cuando iban a
tener la visita de un buhonero o de algún vecino cercano, pero esas
cosas ocurrían y con el tiempo Khaledrath supo que solo hubo una vez en
que Ragadith no supo predecir la llegada de forasteros y nunca tuvo la
oportunidad de volver a hacerlo.
Todo parecía tranquilo. Era un día luminoso de otoño y el sol alejaba
los fríos del norte. El invierno aún parecía lejano.
Su padre acababa de llegar de la venta de caballos otoñal y los
beneficios habían sido buenos. Khaledrath lo vio llegar desde el pajar,
donde se encontraba amontonando el heno de la última cosecha. vio como
su padre llegaba a caballo y entraba en la casa, dejando el caballo
atado a una estaca y sabedor de que su hijo Ragadith lo llevaría a la
cuadra.
Ragadith apareció cinco minutos después, arreando a las ovejas y
metiéndolas en el redil. Luego, con total tranquilidad guardó el
caballo y entró a su vez.
Khaledrath siguió su tarea y fue entonces cuando, por uno de los
ventanucos del lado opuesto al frontal de la casa, vio llegar a unos
jinetes a campo través.
Eran cinco. Tres mujeres y dos hombres. Los hombres iban armados, con
capas muy distintivas y espadas de diferentes tipos.
Las mujeres tenían algo extraño que hizo que Khaledrath se alarmara.
Bajó corriendo del pajar e irrumpió en tromba en casa. Sus padres
palidecieron cuando les describió al grupo que se aproximaba y Ragadith
quedó inmóvil, espantado, sacudido por temblores.
--No hay escapatoria -le dijo su padre a su madre-. No huiré más.
Tanto Khaledrath como Ragadith habían sido entrenados por su padre en
el uso de la espada pero éste no quiso ni oír hablar de que lo
apoyaran.
Recordaba que su padre había mirado por la ventana y había visto a los
cinco desconocidos que se acercaban a pie a la casa, inexorables.
Observó con temor creciente a una de las mujeres, que vestía un chal
rojo.
Khaledrath había entrado en su cuarto y estaba ciñéndose la espada al
cinto cuando un golpe tremendo lo hizo caer.
Lo siguiente que recordaba fue despertar bajo aquella viga, bajo los
restos destruidos de su hogar.
Lloró, gritó, se desgañitó y se despellejó las manos intentando
levantar la viga que lo aprisionaba y luego cayó en un estado apático
en el que permaneció durante horas.
La graba crujió bajo unos pasos firmes y unas voces se llamaron entre
sí.
--Parece que han muerto todos -dijo una voz de tono acerado y claro-.
--No todos -replicó otra voz más áspera y cortante- Hay un chico bajo
aquella viga, le he estado observando antes de traeros y está vivo. Los
otros de ahí deben de ser sus padres.
--Que Galdrak te ayude a sacarlo. Puede que sepa algo sobre lo que ha
pasado aquí.
--¿Lo que ha pasado aquí? -se mofó la primera voz- Está muy claro,
Theomund. Las brujas han estado aquí y han hecho de las suyas. Esta
casa era sólida antes de derrumbarse y esas marcas... de ahí y... de
ahí.... eso solo lo puede haber hecho alguno de sus maleficios.
Khaledrath notó como la viga se movía y el dolor le recorrió el torso
cuando el asfixiante peso disminuyo. Tosió roncamente mientras el polvo
formaba una nube que le impedía ver.
Unas manos fuertes y poco gentiles lo agarraron de los sobacos y lo
sacaron a tirones de debajo de los escombros.
Tosió y se limpió los ojos y se encontró mirando la cara severa de
corta barba negra de un hombre bajo, fornido y curtido, vestido con una
armadura de cuero y armado con una espada ancha al cinto y un arco a la
espalda.
Junto a él, un hombre alto y nervudo vestido con una cota de malla gris
y una capa blanca algo deslucida dejó caer la viga que aprisionaba a
Khaledrath y lo miró como si todo aquello fuera culpa suya.
--¿Eran tus padres, chico? -le preguntó señalando detrás de sí-.
--Sí -susurró conmocionado-.
Su padre yacía con la espada rota en la mano y con el peto abollado y
mellado aún puesto. Parte del metal parecía haberse derretido y la
sangre coagulada colmaba los orificios perfectamente redondos que lo
atravesaban. La muerte de su madre le pareció clara, o quizás algún
recuerdo volviera a su memoria de forma paulatina. Abrazaba el cadáver
de Ragadith y una flecha de plumas verdes los unía en el postrer
abrazo.
De su hermana no había rastro alguno.
--Sí, chico. Tu madre intentó salvar a tu hermano con su último
aliento. - el individuo vestido de cuero se volvió a un hombre alto y
de aspecto severo-. ¿Nos lo llevamos, théomund?
Théomund vestía una bruñida cota de malla larga, brazales de acero
esmaltado y un peto de acero espejado sobre la cota en cuyas hombreras
resplandecían rayos plateados cincelados sobre el metal. Una capa de
deslumbrante lana blanca como la nieve le ondeaba en pliegues sobre la
armadura, sujeta por un broche en forma de sol dorado sobre el hombro
izquierdo.
--Enséñanos las manos, muchacho -dijo el tal Théomnund-.
Khaledrath extendió los brazos y abrió las manos. Los cayos que la
empuñadura de la espada le habían dejado a fuerza de empuñarla durante
sus largos entrenamientos eran perfectamente visibles.
--Solo una espada deja esos cayos. Mira a ver que puede hacer,
Galdrak.-dijo théomund al hombre vestido de malla gris-.
Éste asintió y sonrió complacido.
Acto seguido le asestó a Khaledrath un revés con una mano enfundada en
malla que lo hizo caer sentado al suelo.
--Levántate y mátame si aún te quedan redaños, mocoso -le espetó-.
Khaledrath se enfureció apenas, la pena lo ahogaba demasiado como para
sentir ira.
--Trae eso, Ramsein. Debe de ser suyo.
El hombre embutido en cuero había sacado de entre los escombros una
espada larga en una vaina negra con el cinto de cuero enrollado
alrededor.
Khaledrath la reconoció, era su espada.
Ramsein se la arrojó sin decir palabra a Galdrak, quien la atrapó con
la mano izquierda por la parte media de la vaina y la desenvainó con
soltura con la mano derecha, acercándose la hoja a los ojos.
--Já, no es mala para pertenecer a un mocoso lloriqueante. Buen acero
de las forjas de Caemlyn, apostaría yo. Tómala, mocoso, y muéstranos si
eres digno de recibir un plato de comida diario.
Diciendo esto se la arrojó a khaledrath con la empuñadura por delante.
Éste no se inmutó y la empuñadura le golpeó la frente dolorosamente.
Miró el cuerpo de sus padres mientras sentía como la sangre se le
acumulaba en un enorme chichón.
--Lo que digo, un simple mocoso sin agallas. Supongo que tu miserable y
cobarde padre era igual, por eso lo mataron como se mata a un cerdo en
otoño. Cualquier idiota podría haberse encargado de un par de brujas y
sus mascotas, pero al parecer tu padre excedía a cualquiera en idiotez,
torpeza y sobre todo, cobardía.
La cara de su madre tenía la palidez que solo la muerte proporciona, y
un grueso hilo de sangre seca colgaba de sus labios.
--Tu madre debía de ser una ramera de muy baja estofa para aparearse
con alguien así, ¿no es cierto?
Su mano saltó y abrazó la empuñadura del arma en un gesto metódico,
entrenado miles de veces. Se incorporó de un salto y abatió el arma de
punta, directamente hacia el abdomen de aquel desconocido cuyas
palabras le taladraban la mente dolorida.
Galdrak casi fue sorprendido por lo súbito del ataque. El casi
consistió en propinarle un soberbio puntapié en la cadera que mandó a
Khaledrath al suelo. Rápido y ágil, debido a la práctica, se levantó y
se puso en guardia de nuevo, pero Galdrak ya tenía la espada en la mano
y su sonrisa burlona se había ensanchado aún más.
--¿qué es esto? El hijo de un cobarde y una ramera sujetando una
espada. Cuida de no cortarte, mocoso.
Khaledrath atacó esta vez con mesura y cuidado, tal cual le había
enseñado su padre. Procuró aislarse de sus emociones y se dejó llevar
por la técnica.
Amagó al vientre de nuevo pero en pleno movimiento apuntó su hoja hacia
el muslo de Galdrak, donde la arteria recorría la pierna. La abertura
que la cota de mallas tenía para facilitar los movimientos del hombre
cuando montaba a caballo le daba la posibilidad de acertar en su
objetivo.
La guarda de su contrincante, no obstante, se desplazó hacia abajo a la
par que su hoja y su arma fue desviada aún más hacia abajo, lo que casi
le obligó a soltarla.
Retrocedió de un salto y volvió a atacar, esta vez dirigiendo un golpe
alto, hacia la cabeza. La espada de Galdrak volvía a estar allí y su
sonrisa amenazaba con dividirle el rostro.
Retirando la espada giró, y saltó de costado intentando
desequilibrarlo, y asestó a la par una estocada paralela al movimiento
de su cuerpo, pero su oponente simplemente se echó atrás dejando la
pierna derecha estirada y Khaledrath tropezó con la improvisada
zancadilla y rodó por el suelo, aunque consiguió no soltar la espada.
Recibió un duro puntapié en una pierna y se levantó como pudo justo a
tiempo para detener con su arma el golpe brutal de Galdrak.
No volvió a atacar más. La lluvia de golpes, estocadas, puntapiés y
mandobles que le llovió fue tal que no pudo hacer otra cosa que
esquivar, parar y fintar como mejor pudo. Comenzó a sudar mientras que
su oponente parecía seguir igual de fresco y recio. Varias veces no
pudo detener los golpes y la espada se detuvo a pocos centímetros de su
cuerpo en lo que pudo ser un golpe mortal.
Un insólito e inadvertido arpegio musical vino a acompañar el combate,
y a continuación algo golpeó a Galdrak en la cara. Este blasfemó,
desarmó de un revés a Khaledrath, cuya espada rebotó estrepitosamente
varios metros más allá, retrocedió unos pasos y se frotó el pómulo
derecho con vigor.
--Deja ya al pobre muchacho, mi risueño y jocoso Hijo Galdrak, ya has
demostrado sobradamente que eres más hábil combatiendo que un mozalbete
de diez años. La Luz guarde e incremente tu consumada habilidad de
espadachín durante luengas eras.
Ambos combatientes se volvieron hacia la templada voz que hablaba con
un tono tan desenfadado.
Un hombre bajo y delgado como un junco, de pelo dorado, ojos azules y
rostro agraciado y risueño se erguía al borde de las ruinas.
Iba vestido con ropas elegantes aunque funcionales y una ampulosa capa
de vivos colores le caía garbosamente a la espalda.
Sostenía una pequeña arpa dorada sobre la cadera izquierda y en la mano
derecha hacía rebotar una daga como la que yacía a los pies de Galdrak.
--Bardo insolente.... -escupió Galdrak- Algún día te borraré esa
sonrisilla de un bofetón que haga rodar todos esos preciosos dientes
por las Tierras del Oeste de una punta a otra.
--Sí, sí, mi querido Galdrak. Pero hoy no. Ahora, sé gallardo y deja al
muchacho en paz.
--Nos lo llevamos-Convino -Théomund- que había permanecido impertérrito
y atento observando a los contendientes y al que no parecían hacer
mella la discusión de dos de sus hombres.. Queda bajo vuestro cuidado.
Os doy tres minutos para que intercambiéis maldiciones, chanzas y
agudezas. Quiero partir hacia el sur lo antes posible.-y esto diciendo
giró sobre sus talones y se alejó a paso firme-.
--Cómo te llamas, muchacho? -preguntó Ramsein con un tono rudo pero
bajo el que se percibía cierta dosis de amabilidad y respeto-.
--Khaledrath.
-Bien, Khaledrath. Seré conciso. Tus padres han muerto, tu hermano ha
muerto y tú no tienes casa, ni hogar ni posesiones ni familiares. Las
brujas de Tar Valon te lo han quitado todo. ¿te gustaría vengarte?
--Sí -susurró el aludido con fervor-.
--Entonces vendrás con nosotros. Yo soy Ramsein, explorador y miembro
de pleno derecho de los hijos de la Luz. El que se va por allá es
Théomund Sargento de la orden de los Hijos de la Luz.
--Y contra lo que cabría esperar -añadió el hombre del arpa- no se ha
tragado una espada ni nada parecido.
--Te ofrecemos una vida dura -continuó Ramsein-. no te faltará nunca
comida, refugio ni sustento pero habrás de entrenarte muy duro a
cambio. No regalamos limosnas. Y tu mayor recompensa será contar con
miles de hermanos que darían la vida por ti, aunque tú también estarás
dispuesto a entregar tu vida por ellos si fuese necesario. La Luz está
de nuestra parte y los Amigos Siniestros que sirven a la Sombra son
nuestros únicos enemigos. Las brujas de Tar Valon son una banda de
Amigos Siniestros de la peor calaña que uno pueda encontrarse. Si
aceptas vestir la capa blanca, podrás hacerles pagar muy caro sus
maldades. ¿aceptas?
Tres horas más tarde, Khaledrath montaba uno de los caballos
recuperados de las tierras de su padre. Los otros se habían unido al
rebaño que el contingente de una treintena de Hijos de la Luz conducía
con gran trabajo hacia el sur, hacia las tierras de Amadicia para
incorporarlos a su caballería de élite. A su alrededor, marchaban
jinetes armados y vestidos con cotas de malla. Las capas blancas
ondeaban a su espalda y por delante aguardaba un largo viaje hacia la
venganza.
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